Editorial


 

 

¿SERÁ SUFICIENTE ENGARZAR LA POLÍTICA SOCIAL COMO PARTE DE LA POLÍTICA ECONÓMICA?.

Por: Eduardo Lastra D. (*)

 

 

El gran objetivo de generar el desarrollo, para que la población mayoritaria tenga las posibilidades ciertas de satisfacer sus necesidades básicas, sigue siendo un desafío no vencido por la ciencia económica y la política. (¿o mejor decimos por los economistas y los políticos?)

El postulado que las grandes medidas macroeconómicas luego de estabilizar la economía, iniciaría una dinámica actividad productiva, que a su vez generaría las condiciones para que la sociedad se encamine hacia el bienestar general, no se constata, a pesar de todos los esfuerzos y las buenas intenciones de los gobernantes, académicos y organismos multilaterales. 

Los resultados de las políticas de estabilización y crecimiento, en los países emergentes del planeta, ni siquiera han “goteado” lo suficiente para que los estratos de menores recursos de pudieran remontar las líneas de la indigencia y la pobreza. Por ejemplo en América Latina el 5% de la población más rica concentra el 25% del ingreso nacional, que es prácticamente el doble de lo que ocurre en los países desarrollados.

Hay pues evidencias irrefutable de que la “secuencialidad” (de primero estabilizar, luego reactivar para recién después distribuir los beneficios) no funciona. Especialmente no funciona para los pobres y pobres extremos. 

Frente a tales desequilibrios estructurales los consensos sacrosantos vienen siendo revisados incluso en el seno de los organismos multilaterales.

Así, estaríamos en la aceptación de una suerte de “simultaneidad”, donde se compatibilicen a lo largo del corto, mediano y largo plazos, tanto las medidas macroeconómicas con las sectoriales (contra cíclicas), como la política económica con la política social. 

Es decir, ya no se tiene que espera los efectos de la estabilización y el crecimiento; si no que tiene que impactarse directamente sobre los sectores pobres e indigentes, con medidas de alivio, ayuda y promoción. Porque, en la vida concreta los pobres mientras se les enseña a pescar se mueren de hambre.

Entonces, la estrategia –de ahora en adelante- seria la de incorporar sinergicamente la política social a la política económica, y no manejarlas “por cuerdas separadas” y peor aun por cuerdas divorciadas.

Ahora bien, ¿es nueva esta concepción de simultaneidad?. No, los países ricos e industrializados, que pretendemos emular los “subdesarrollados”, la practican; al igual como lo han hecho los “tigres asiáticos”. Los latinoamericanos y andinos somos los que andamos medio despistados buscando milagros de la aplicación de verdades a medias.

Por otra parte, ¿integrando lo económico con lo social ya tendríamos un clima de bienestar y armonía en nuestras sociedades?. No, porque ambas políticas debieran tener como telón de fondo una vida democrática autentica; y para tenerla se requiere atender decididamente el desarrollo de los talentos y la inteligencia de la población (y de los dirigentes). Pero esta apuesta en el “capital humano” también tiene que romper esquemas, ya que se necesita quemar etapas.

La búsqueda de soluciones creativas, que conjuguen los avances científicos y tecnológicos del mundo y las características de nuestras realidades, es el desafío actual para nuestros lideres políticos, académicos, empresariales y laborales.

 

(*) Director de la Revista Avance Económico y presidente del Instituto Latinoamericano de Desarrollo Empresarial, ILADE.
 

 

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